Chile. Las putas lloran a las 5 AM


San Antonio, luces de un puerto olvidado

Por Jose Luis Diaz

El puerto de San Antonio, fue sacado del total anonimato por el artista escénico Andrés Pérez en su aclamada obra la negra Ester. No solo goza de esa bien relatada realidad nocturna  y también posee un  imponente puerto, el cual se levanta como uno de los más importantes de latinoamericana.

El Puerto Rojo de la dictadura guarda misterios entre sus calles, parques y cerros que se mantienen como un gran secreto popular.

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San Antonio oculta una historia, esas historias tristes que se viven a carcajadas entre alcohol, música y diversión, me refiero a las historias contadas por las putas del puerto, posiblemente me criticaran al referirme de putas, pero en los años 80 y 90 no existía el concepto de Trabajo Sexual, por lo tanto, eran las putas las que relataban las historias, la que arrendaba el cuarto, la que amaba intensamente a sus amigas y luego las odiaba.

Eran las putas que de día recorrían el puerto con tacos, labios pintados y al acecho de la mirada caliente de un cliente que pasaría por ellas, eran esas mujeres que se coordinaban para cuidar a sus hijos, se ayudaban a pasar el hambre y se compartían la leche, el pan y el vino.

No recuerdo discriminación hacia las putas del puerto, la verdad que en un puerto chico la discriminación hacia las putas pasa a segundo plano y sobre todo cuando en su gran mayoría eran mujeres las que manejaban  esa cara secreta.

San Antonio, abandonado desde la dictadura, puerto rojo lo llamaban, putas y comunistas bailaban frente a la idea de matar al asesino dictador y quemar su  casa  en Tejas Verdes, donde también existió un centro de tortura, nadie sabía cuando pasaba el criminal soldado, pero imagino su cara al ver subir y bajar mujeres de sus cerros, viudas de su dictadura arrastrando el taco por la ciudad.

En ocasiones durante mi adolescencia visitaba el maravilloso puerto de San Antonio, el aroma de la  harina de pescado no se hacía esperar, calles de arena, cerros para subir y otros para pecar.

A  los 15 años ya estaba  acercándome a la vida que posteriormente sería la mía y no me refiero a la cama remunerada, sino más bien a quienes posteriormente serian mis amigas, cuando el sol se esconde.

Los bares y centros de bailes de San Antonino nunca fueron de mi agrado, los encontraba monótonos, aburridos, muy compuesto para  mi gusto desordenado, las murgas de verano si bien lograba sacarme más de alguna carcajada la idea de estar expuesto frente a otros me colmaba y como no, si era parte de una familia conocida, el comercio era nuestro fuerte y de allí los saludos siempre estaban presentes, mi madre, una mujer hermosa, jamás negaba un saludo, sabia responder los piropos y también detener al señor poco galante que se propasaba en sus palabras, si no lo hacia ella siempre había un amigo cercano que la protegía, gesto de hombría y galantería que hoy parecería un insulto.

Cerca de San Antonia estaba la pagana y corrompida Cartagena, sexo, droga y fiestas estaban asegurados, era fácil estar ahí. El escenario proletario mezclado con clase pobre emergente no lograban llamar mi atención,  más bien lo encontraba como un espacio de niños y niñas presumidas, alardeando  los besos robados de la noche anterior, me aburría ver la masa homosexual que se encargaba de andar siempre junta, y el típico silbido que dejaban al pasar, la verdad que la tontera humana a veces me aburre y nos es que me aburra la tontera, sino lo básica que a veces puede llegar a ser.

En San Antonino conocí homosexuales y travestí, como si fueran los tíos o tías de infancia, mi madre me decía “vamos a ver a una amiga”, al llegar me daba cuenta que la amiga tenia voz ronca, se notaba su barba y a veces su manos grandes, algo atípico para una mujer, al parecer yo era el único que se daba cuenta de esto, ya que la amiga de mi madre eran de mi madre y siempre sus amiga.

El día  llego y junto a Pablo, nos fuimos a San Antonio, éramos de esos amigos que solo fomentábamos las ideas del otro, no existía la palabra cuestionamiento, a veces pienso que nunca supe de ese concepto y por lo mismo poco me afecta lo que al mundo le afecta.

Con Pablo decidimos salir una noche, era verano, estaban los típicos juegos esperando en San Antonia, esos juegos improvisados con motores de auto y ruedas para moverlos, centro de entretención que jamás paso por una supervisor municipal , San Antonio era pobre, necesitaba plata, y como dice mi amiga Romina “la necesidad tiene cara de hereje”.

Decidimos salir, queríamos una noche distinta, y ahí le muestro la otra oferta, las casas de diversión que tanto gustaban de marinos, extranjeros y uno que otro pescador de buena mar y recién pagado, ahí el entretenimiento sería distinto, estaría más cercano a lo que buscábamos y hasta era posible que nos llegue algo, en la noche todos los gatos son negros. Le explico que también las “Chiquillas son la raja” minas simpáticas, guapas y con historias,  así nos ahorrábamos que tener que compartir la vida aburrida de triunfos y glorias de los niñitos de Santo Domingo, nos alejábamos de sacrificio Cerro Arena y nos librábamos un poco del dolor del cerro placilla, todo mezclado en la misma discoteca.

Pablo, vamos a una casa de putas “que nos va a pasar, somos gays,  las chicas se entienden con los gays… relájate y vamos”  caminamos por las noches de San Antonio, buscando el lugar ideal,  así  frente a nosotros aparece  “Las Vegas” un conocido centro de encuentro, casa de caramba y samba o de remoliendo como se llamaba la obra…. pero acá todo era una verdad porteña y no un teatro.

Llegamos a la puerta y nos recibe el cabrón, el llamado regente, Reinaldo, cola viejo que al parecer le gustaban los jovencitos, nunca me saco su mirada, pero yo que en ese entonces me sabía manejar, no me intimidaba su acoso visual. Le dijimos que estábamos aburridos del los carretes de puerto, que mas bien parecían una fiesta de bingo o lotería y sin luces, Reinando entendió y pasamos a ser  los invitados de la casa, nos presento  las chiquillas, hermosas mujeres, delicadas, educadas, diosas del placer nocturno, esas mismas que durante el día caminaban de taco alto y labios pintados, ahora estaban junto a nosotros riendo, bebiendo y fumando.

La amistad poco se dejo esperar, hasta forjar el vinculo menos interesado del mundo, putas y gays, entrelazados en la complicidad de la ilegalidad, la discriminación y de la mirada social que te recuerda quien eres.

Las noches se fueron repitiendo,  la confianza con las chicas creció, nosotros éramos fieles a “Las Vegas”  los otros locales no nos gustaban, no tenían la impronta de esas mujeres, la Costeña, la Luisa, la luz Marina, la Santiaguina, la crespa.

Un día con Pablo mientras bebíamos nuestros tragos, veíamos como una hombre rodaba por las escaleras del tercer piso y la Costeña detrás de él, lo sigue tirando al primero, el muy tonto no le pago a la costeña, creo que fue un mal día para ese hombre, mientras veíamos esto con Pablo reíamos a carcajadas,  la costeña era una mujer seria y respetada.

Con el paso del tiempo comenzamos a darnos cuenta que en la casa de remoliendo la fiesta duraba hasta las cinco, el alcohol hacia lo suyo y las putas desaparecían, los rostros agotados y deslavados nos enseñaban a las  mujeres, madres, tías, hijas, que alegraban el lugar,  a las 5 de la mañana como un cometa de recuerdos, llegaban a su memoria sus hijos, sus padres y familia, ahí junto a Pablo nos quedábamos horas escuchando el porqué lo hacían, sus llantos parecían esperar un perdón de alguien o de algo. Un llanto que solo calmaba un abrazo homosexual que junto con buscar la entretención buscaron la ocasión para compartir una mirada fraterna cercana al pecado.

Las Vegas cerró, pero no sus miles de historias que hoy son contadas en el puerto y recogen la historia de aquellas valientes mujeres.

En Honor a las vegas y a las mujeres que ahí dejaron sus risas y alegrías

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